Mi vecina me pone



Algo dentro de mí me obliga a confesar un secreto oculto durante años. En mis más recónditas fantasías siempre he soñado con tener una vecina que hiciera todo lo posible por quedarse atrapada conmigo dentro del ascensor. Evidentemente la verdadera obsesión de esa muchachita era desgastarme sin dar tiempo a la pausa. Por más que rezé para que mi sueño se hiciera realidad, jamás pude desfogar mis más oscuros deseos, no sé si por mi condición de ateo convencido o porque siempre he vivido en un primero y no montaba en ascensor.

Hasta ahora...

Justo ahora, cuando decides irte con tu novia a vivir, cuando decido comenzar una nueva vida, mi vecina se cruza en mi vida. No lo puedo evitar, ¡¡qué más quisiera!!. Pero todas las mañanas me despierto sobresaltado pensando en ella, no puedo evitar ponerme malo viendo su ropita tendida en la cuerda y seguir sus pasos pidiendo al cielo no caer en la tentación. Y es que mi vecina de arriba es... una maruja insoportable.

Mi vecina de arriba se levanta a las 8.30 en fin de semana y se dedica a mover los muebles del dormitorio, a subir y bajar la persiana, y abrir y cerrar puertas durante más de ¡¡¡ dos horas !!!, por lo que esté soñando lo que esté soñando, todas las mañanas mis primeras palabras van dedicadas a ella, palabras que no voy a repetir por si este blog lo leen los niños.

Mi vecina de arriba cuelga la ropa como si ella fuera la única que lava sus prendas en todo el edificio, porque sus sábanas con topitos rosas llegan del octavo al suelo sin mucha dificultad. Claro que a los vecinos que estamos en medio no nos entra luz por las ventanas... gracias vecina, gracias a tí nos hemos ahorrado las cortinas.

Claro, que lo mejor son sus pisadas. Deja caer todo su peso en cada paso, aun no la he visto, pero por la manera en la que tiemblan las paredes deduzco que lo que había ayer colgado en el tendero no era un saco de patatas, sino sus bragas.

Y es que mi vecina me pone, me pone de los nervios.

Esas piñatas

Qué santa paciencia ha tenido mi madre toda su vida. Recuerdo nuestros cumpleaños cuando éramos peques, y digo nuestros porque mi hermano y yo siempre lo hemos celebrado juntos... ¡¡ sagitarios al poder !!.

Cuando entro en la habitación no soy capaz de imaginar cómo era posible que unos 15 niños entráramos ahí dentro, junto con la mesa de patatas fritas, medias noches de jamón york y queso, pajitas, cubatas (coca cola con fanta naranja, que a uno siempre le han gustado las mezclas)y todo tipo de guarrerías compradas en los frutos secos. Aunque el momento estelar llegaba cuando mis tías y mi madre nos preparaban la piñata. Buah !. Nos volvíamos locos. Varios globos con caramelos, harina o agua dentro, una venda y un alfiler. La risa.

Recuerdo cómo en los meses de verano, cuando el tiempo era eterno y cada día una aventura, nos tirábamos en las escaleras del dentista a recordar quién se había pringao con la harina ese año. Y es que aquello era un acontecimiento social, tanto que hoy el azar, la coincidencia o el destino me ha hecho reencontrarme con un viejo amigo, de esos con los que quedaba para robarle huevos al pollero para tirárselos a los coches de la carretera de arriba, y recibir un vídeo de piñatas que me ha retornado a esa época tan añorada. Qué delicia poder mirar atrás y recordar momentos tan felices.



Aprovecho este tópic del pasado para comentaros a los miles de seguidores que día a día entran en mi blog, que estaré un tiempo ausente. No me voy a quedar mirando sin pestañear una foto de Leticia Sabater, es que voy a comenzar una nueva etapa donde reina el color sandía, y de momento allí no hay conexión legal a internet.

Besos y abrazos, y hasta pronto.