Perché ti amo a voi















Hace unas semanas no estaba rodeado de críos inmaduros incapaces de diferenciar los colores de sus rotuladores, ni me preocupaba que hubieran salido mal o peor las actas de evaluación extraordinaria, simplemente me dedicaba a disfrutar de la dolce vita. Milán, Leco, Canazei, Venecia y Florencia fueron los cinco destinos elegidos para descansar de nuestros andares en tierras italianas, y pese al miedo inicial de organizarlo vía internet, al final todos resultaron ser la opción perfecta.

Desde la pinacoteca de Breda a la galeria de los Uffizi, pasando por los artesanos de Murano, la mostra o la torre de Pisa, Italia destila arte, en obras. No termino de comprender cómo es posible que allá por donde te movieras las grúas y los andamios siempre estuvieran acompañando a ábsides, contrafuertes y chapiteles. Aunque la fuerza del renacimiento florentino o la magia de los canales venecianos eclipsaban cualquier intento de restaurar la dejadez y el descuido.


Pero bien es sabido que no solo de arte vive el viajero, por eso un paseo por los alpes fue el complemento perfecto al viaje. Sentirte pequeño rodeado de tanta inmensidad es un plácer solo comparable con la intensidad del azul del cielo a más de 4000 metros, por eso las dolomitas, el pico bernina o el lago como son algunos de mis recuerdos favoritos del viaje.


Aunque recuerdos y anécdotas hay muchas, como descubrir que tu coche tiene cinco puertas después de más de una semana de viaje, o embarcar rumbo a madrid rodeado de bolsas del hiperusera. Lástima que haya que esperar para volver a sentir el tiritar del estómago ante el descubrimiento de lo desconocido, eso sí, sin pizza por favor.