Emily Rose, pobre animal

Pobre mujer, lo que sufrió. Ya se sabe que vivimos en un mundo de afligidos luchando por un paraíso perdido, pero esta pobre se merece gratis una habitación vitalicia, en un hotel todo incluido en el Puerto Vallarta de los paraísos. Qué martir más sacrificada, oye.

"El exorcismo de Emily Rose" es una peli que combina un drama jurídico con el terror de forma coherente y efectiva. Si eso no fuera un motivo lo suficientemente sugerente como para acercarse al cine, además reabre el sempiterno debate Iglesia vs. Ciencia, y se ha inspirado en hechos reales ocurridos en la alemania de los setenta. Lo que no me gustó fue el cine.

Sigo pensando que las salas convencionales no están preparadas para el cine de miedito. Entiendo que los cines Ideal tengan asientos dobles para que si te pierdes en el argumento de la peli croata en versión original con subtítulos en húngaro, te puedas echar la siesta sin problema. Pero no comprendo por qué no ponen esos asientos dobles en todas las salas, para poder apretar a tu pareja sin problema en el momento de máximo tensión. Apretar a, no apretar con, ojito. ¡¡ Qué entre las uñas aún tengo restos del plastiquillo de los posabrazos de la butaca de ayer!!, tanta tensión, tanta tensión...


Claro, que lo mejor sería ser proyectero de películas de miedo. Te tienes que quedar con todos los colegas: "pshi, pshi, a la de tres el cine entero bota: uno, dos y tres. Voila!". Claro, que si no van los colegas a verte al curro, siempre puedes hacerte un solitario..., me explico que algunos teneis una mente. Puedes apostar cuál será el que más alto llegue en el bote, por qué zona de la sala comenzará a oler primero a caquita o quién será la primera listilla que meterá mano debajo del pantalón de su acompañante, con la excusa de agarrarse a algo firme para soportar el miedo.

Afortunadamente viendo Emily Rose no solo entretienes al proyectero, sino que pasas un buen rato, entre demonios, agnósticos, creyentes y una iglesia desesperada por captar clientela.

Un haya en Riaza


Ser un haya en el límite entre Segovia y Guadalajara es un papel muy complicado, ya que las condiciones climáticas y ambientales de la actualidad distan mucho de las que existían en los periodos interglaciares del cuaternario.

Cuando ya está bien entrada la primavera, sus yemas se abren permitiendo que sus verdes y delicadas hojas llenen de vida un bosque que hasta entonces, desbordaban tenebrismo con sus zigzagueantes ramas invadiendo todo el espacio. No obstante, el haya nota como su gran momento aún está por llegar, espera impaciente que llegue el otoño, que bajen las temperaturas, que los días se acorten para vestirse de gala y provocar un estallido de color en la montaña.

Lo que el haya no sabe es que su momento de gloria es fugaz, su máximo esplendor efímero. Una puesta de largo tan perecedera que el desamparo arropa rapidamente lo que pocos días antes era una fiesta de luz.


¿Y si todos fuéramos hayas luchando contra la adversidad?. Mucho tiempo preparando un buen camino hacia alguna parte que no sabemos dónde está, cómo es o cuándo llegará.

Ahora me pregunto en qué etapa de mi vida me encuentro. Si sigo captando energía a la espera del momento álgido de mi camino, o si este ha llegado ya y simplemente estoy aguantando el tipo después de que mis hojas hayan caído al suelo. Claro, que lo que más me anima es pensar que siempre tendré por delante una nueva primavera, que vuelva a reinciar todo el ciclo, que me encamine hacia otra ocasión mágica con la que disfrutar de esta vida lleno de color.